domingo, 12 de abril de 2009

Un manual para el diálogo

Kant decía que el diálogo es el camino a la solución de los problemas. Pero, ¿qué ocurre cuando los genera? Para dialogar hay que tener voluntad, sentarse en una mesa y exponer las distintas posturas de forma cordial y clara. Las formas y los detalles son transcendentes para ello, pues en caso de conflicto, nada se presupone, ni se adivina. Luego, para alcanzar algún acuerdo, ambas partes han de ceder en algo, encontrándose la solución en el punto en que ambas concurran.

Así, un buen diálogo se compone de: voluntad, modales y cesión. ¿Qué ocurre cuando alguno de estos elementos falla? Muy sencillo, se acaba el diálogo. Es por esto, por lo que muchos diálogos mueren antes incluso de haber comenzado.

El diálogo entendido como negociación es idóneo para los asuntos empresariales, y para las cuestiones personales de menor transcendencia; pero para las importantes, el diálogo no sirve más que para desahogarse o sufrir. Porque los sentimientos no se negocian, porque el dolor ya sufrido no puede cederse, y porque la decepción no desaparece tan fácilmente, ni cae en el olvido.

Las cuestiones personales se reconocen, se afrontan y se resuelven, yendo a la raíz del problema y poniendo medios para que éste cese. Cuando una persona hace daño a otra, lo primero que ha de hacer es reconocer su error, incluso antes de ofrecer diálogo. Ofrecerlo sin ningún preámbulo, y decir “que por mi parte no quede”, parece algo soberbio, por intentar responsabilizar a la parte dañada de la situación existente, cuando fueron sus propios actos los que dieron lugar a ella. Se empieza reconociendo lo mal hecho, mostrando el arrepentimiento, y entonces, sólo entonces, se ofrece un posible diálogo, para hallar la solución.

Pero, ¿de qué sirve dialogar si no se acaba con el problema? ¿Para qué intentar devolver una mínima parte de la confianza perdida, a quien ni siquiera pretende cambiar? Iniciar un diálogo en esas circunstancias sólo conduce al fracaso, porque no son ambas partes las que tienen que ceder, sino una, la que hizo mal las cosas, ya que la situación es consecuencia de lo que ella hizo, o dejó de hacer. Si esa parte no lo ve así, o no lo reconoce, o no está preparada para oír los reproches que generó ella misma, ante su propio dolor contestará a la defensiva, y sólo conseguirá causar más dolor. E iniciar un diálogo, a sabiendas de que se provocará aun más daño, es absurdo.

En mi opinión, cada problema tiene una solución, y cada solución un procedimiento. Pero, a veces, incluso cuando se hace bien, el procedimiento puede ser muy largo; tanto, como grande haya sido el daño ocasionado.

Porque, no se puede jugar a ser demócratas bajo la dictadura de los sentimientos. Y aun así, no hay diálogo capaz de revivir una confianza muerta. Por todo esto, en cada caso, hay que barajar los pros y contras del diálogo.

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